24 ene. 2012

El misterio de la casa de al lado. 1

Paisaje desde la alcoba.




Por la mañana el sol dibuja una sombra que define los confines del descuidado jardín de la casa de al lado. Y entre la maraña de ramas despobladas del arce, el gran abeto y el eucalipto se divida una ventana enrejada y clausurada con un postigo. Enmarcándola, una pared de enfoscado y ladrillo comidos por el tiempo, debe de ser la planta alta de la casa, porque está coronada por un tejado vencido y roto que casi deja entrever sus entrañas.

Tras la casa, césped descuidado, por donde pasean los perros a sus amos, un camino que se pierde en sus farolas, y  las instalaciones y torres de la subestación eléctrica, dividendo el cielo con sus cables.  Y más al fondo, como castillos, los edificios de una moderna urbanización.

Por la tarde, un suave tono dorado lo envuelve todo en franjas, pero manteniendo siempre ese límite, aunque entonces la luz avanza por el lateral del jardín, apenas definido por una verja metálica oxidada y doblada y los ladrillos corrompidos por la ruina de lo que tuvo que ser un muro, por donde pasean los gatos sin amo.

Por alguna oscura razón algunos desgraciados han tirado la basura por ahí, como si les diera pereza acercarse a los contenedores que abundan en la calle asfaltada y civilizada, tal vez pretendan mantener la barbarie en sus almas, si es que las tienen.
Estas bolsas y desechos, latas, frascos, cartones, bolsas,  rompen esta armónica decadencia y hacen rayajos en mi retina.

Cada día miro a la casa y en la creencia de que nadie puede verme me visto y desvisto sin pudor alguno, sin bajar la persiana. Es un alivio no tener que bajar la persiana, no poner cortinas, dejar que el paisaje entre adentro de la habitación como un cuadro móvil de luz y formas.

Pero hay momentos en los que imagino que alguien, oculto tras la ventana, puede observarme tras una rendija que yo no puedo ver sino adivinar. También me pregunto si alguien desde la subestación puede verme, aunque el reflejo del cielo sobre los cristales se lo impediría, ¿o tal vez no?

Extrañamente la vista del paisaje desde la alcoba me llena de paz.



Continuará...


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