23 feb. 2012

El Misterio de la casa de al lado. 5

Laberinto.


Haciendo caso omiso de la advertencia, rodeé la estructura y encontré una amplia entrada en el lado noreste de la alargada construcción, que semejaba una nave habilitada antiguamente como un bar o disco de pueblo. Penetré en la desierta “disco” caminado sobre un suelo de baldosas gastadas con suciedad y basura barrida y acumulada hacia las paredes, adornadas estas con innumerables e indescifrables grafitis. Avance despacio, con prevención, haciendo fotos. El flash arrancaba brillos soeces a la chillona pintura de spray. La primera sala daba a otra, unos ruinosos aseos a la derecha y una chimenea al fondo con un extraño cartón a modo de cuadro apoyado sobre el borde del hogar. Era evidente que el lugar era visitado a menudo por vagabundos y chicos para resguardarse, hacer botellón, fumar petas y otras cosas más procaces. Esperaba que ninguno apareciese y me sorprendiera husmeando. Algo en la chimenea, entre la basura, llamó mi atención, hice zoom pero no lo fotografié. Preferí agacharme y cogerlo. Era un grueso cuaderno de tapas negruzcas y hojas amarillentas, del estilo “moleskine”. Los bordes, sobre todo abajo, estaban chamuscados aunque el interior, a falta de algunas hojas arrancadas, estaba intacto. Las gruesas tapas habían protegido el contenido.
Lo hojeé por encima: garabatos, dibujos obscenos tipo Hentai, y párrafos y párrafos de escritura apretada e irregular, tachones, alguna corrección. Iba a devolverlo a su lugar cuando una palabra llamó mi atención: “Minotauro”. Me quedé perplejo. De sobra es sabida mi fascinación por el mito cretense, y comencé a leer el párrafo donde se hallaba la palabra. Increíble. Lo que estaba leyendo era inquietante, perverso y a la vez fascinante, pero inconexo. Hojeé de nuevo el cuaderno buscando algún nombre propio que me diera una pista sobre el autor, pero en vano. Me lo metí en el bolsillo del chaquetón y proseguí con mi exploración. Salí de la nave disco y recorrí el jardín tomando instantáneas de todas las pintadas y desechos de la finca. Había otras dos naves, una cerrada y otra abierta. La abierta parecía un almacén de construcción, hice alguna foto, pero el lugar me resultaba muy siniestro y no entré.
Después descubrí la piscina, seca y llena de basura y hojas secas y podridas. La rodeé e hice varias fotos, fascinado por la implacable crueldad del paso del tiempo y el abandono. Era suficiente, me dirigí hacia la construcción principal y concluí mi reportaje con alguna toma no muy buena.
Decidí dejar la exploración del interior de la casa para otro día. Salí de la finca a hurtadillas por una brecha en la alambrada.
Mientras entraba en mi casa, el cuaderno encontrado me quemaba en el bolsillo.

Continuará.

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