5 mar. 2012

EL JUEGO MÁS PELIGROSO 2

Cap. 2 Novios

Y tras su separación y la comprobación inequívoca de que el príncipe azul y el hombre perfecto no existen, decidió satisfacer y completar todas sus necesidades, carencias y exigencias con múltiples y diferentes amigos y amantes, con el peligro que ello conlleva.
Practicaba el juego más peligroso del mundo, la caza del hombre  y su coleccionismo. Había descubierto en esta poliandria secreta, la felicidad perdida tras años de matrimonio feliz y anodino.
Cada uno de sus amigos y amantes le daba algo que los otros no tenían, completando así, a trozos de hombre, el hombre perfecto soñado por Mary Shelley.
Con Raúl follaba como una loba en celo, sin previos, a lo bestia, penetración tras penetración postura tras postura, cambios que proponía ella ya que Raúl, al tener el cerebro localizado en el glande no era capaz de imaginar las miles de posibilidades de la mecánica del amor. Le bastaba con saber que el tornillo entra en la tuerca.
-Si presumes de parecerte a “Mick Jagger” deberías de practicar más con la lengua cariño, -le solía decir a menudo para incitarle al cunnilingus. –Anda ven aquí macho cabrío, arrodíllate ante tu bruja y prepara el templo del amor para el sacrificio.
Palabras vanas, ya que el atleta apenas entendía o se negaba a entender, y acostumbrado a dejarse llevar y disimular sus carencias ante las mujeres, daba tres lengüetazos con cierto asco –no pongas la boca donde metes la polla-, y la agarraba por el culo e izaba en el aire para ensartarla, con la suficiente virilidad como para suplir con creces a su lengua parca y escrupulosa.
Fuera de la cama era un hombre simple amable y viril aunque fanfarrón a solas, tímido en público, timidez que no le impedía ligar, le bastaba con su cuerpo de Espartaco que como una coraza le protegía de las inclemencias de las interrelaciones humanas.
Eran las ávidas féminas ansiosas de músculo y fibra las que le ligaban a él. Trabajaba como monitor de fitness en un par de gimnasios, y las clientas se peleaban por enjabonarle en las duchas, y enjuagarle para verle brillar. Poseedor del don de la potencia viril, se jactaba y se bastaba con su impresionante polla; pensaba que a sus partenaires les encajaba y sobraba con el acto puro y duro dejando de lado las infinitas sutilezas de las artes amatorias, necesarias e imprescindibles armas para amantes menos dotados.
Aunque poco a poco, encuentro tras encuentro con diferentes féminas, había tenido que acceder a sus curiosos –para él- requerimientos, y había aprendido algunos truquitos –je je- como cenar antes –solía encargar la comida preparada a un catering de lujo- poner velas aunque odiaba el fuego, estimular los pezones, antes solo agarraba las tetas como asidero para bien meterla, acariciar despacio, preparar a la victima con halagos, que quedaban forzados, y repetía siempre frases de alguna película barata, besar con pasión contenida y no como si sorbieras comida…
Todo por el fin último y único, rellenar ese agujero prieto y caliente. Aunque no podía evitar el asco de la humedad excesiva de la vulva en pleno orgasmo.
Sin embargo con Oscar, Stella gozaba de un amor cortés, al estilo medieval, él era su trovador y ella su dama, nunca habían consumado el acto porque él pensaba que si no follaban no le estaría poniendo los cuernos a su mujer, así las efímeras caricias eran completadas con conversaciones tan imaginativas como inteligentes de sexo verbal. Oscar tenía el sexo en el cerebro y su portentosa imaginación era capaz de trasladarla a un mundo mágico lleno de fantasías y pasión.
Cuando volvía a casa Stella se enredaba con la almohada y el onírico discurso de la tarde. Su mano ansiosa buscaba su sexo violentado y enrojecido por las palabras procaces de Oscar, sumergiéndose en el laberinto sexual de la mente hasta llegar al clímax más sensual y personal que existe.
Oscar saludaba a su mujer con angustia contenida, la acariciaba aunque ella no estuviera bonita con la bata de estar por casa, y sin hablar la seducía con las manos y el cuerpo antes reprimido hasta hacerla caer en el abismo. Emma, que a veces intentaba zafarse, finalmente se dejaba hacer y acababa por entregarse allí mismo en la cocina.
Oscar, vamos a la cama, sabes que aquí no me gusta, es incómodo.
-Estamos bien nena.
-No cariño además estoy fea, anda vamos al cuarto, me pongo guapa y…
-Tú nunca estás fea mi vida.
-Para ti, pero yo no me veo bien.
-Aquí abajo estás muy guapa –le había abierto la bata y medio bajado las bragas-, anda sigamos…
-¡Que no!
Oscar suspiró. Y la soltó para irse a cambiar al dormitorio. Aunque evidentemente su mujer y la bata no combinaban bien, no le importaba, el saber que bajo la bata solo había bragas y sostén le ponía cachondo.
-No te enfades.
-No me enfado.
-¿Pues no sé porque te enfadas?


CONTINUARÁ...

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